La sauna no es la poción mágica para vivir más: lo que dice la ciencia

La sauna se ha vuelto el accesorio estrella de gimnasios, hoteles y centros deportivos, donde la venden como la herramienta definitiva para mejorar la circulación, bajar el estrés y, según algunos, prolongar la vida. Sin embargo, la ciencia empieza a ponerle un freno al entusiasmo, sugiriendo que los beneficios más espectaculares no son tan contundentes como nos quisieran hacer creer.
El misterio de la longevidad finlandesa
Gran parte de este boom tiene su origen en un estudio publicado en 2015 en JAMA Internal Medicine. En esa investigación, se siguió durante unos 21 años a 2,315 hombres finlandeses, con edades entre los 42 y 60 años. Los datos fueron una bomba: quienes usaban la sauna entre cuatro y siete veces por semana tenían un riesgo de muerte súbita cardíaca un 63% menor que quienes solo iban una vez. Además, otros estudios observacionales vincularon el hábito con un menor riesgo de hipertensión, accidentes cerebrovasculares y demencia.
El problema es que aquí entra la famosa causalidad inversa. Básicamente, es probable que no sea la sauna la que te hace saludable, sino que las personas que ya tienen una salud cardiovascular envidiable son las únicas que aguantan el calor extremo y pueden entrar a la sauna con frecuencia. Por el contrario, alguien que ya tiene el corazón débil o problemas de movilidad probablemente evite estas sesiones, lo que altera la estadística y hace parecer que la sauna es el secreto de la eterna juventud cuando es solo un indicador de que ya estás sano.
¿Realmente ayuda al corazón?
Para salir de la duda, los científicos pasaron de la observación a los experimentos. En 2022, se realizó un ensayo con 47 adultos que no eran muy activos físicamente. El resultado fue positivo: añadir 15 minutos de sauna después de hacer ejercicio durante ocho semanas logró reducir la presión arterial sistólica unos 8 mmHg más que hacer solo el ejercicio. También se notaron mejoras en algunos indicadores de capacidad cardiovascular.
Pero la ciencia no siempre es lineal. En 2023, otro ensayo con 41 pacientes que tenían enfermedad coronaria estable mostró que, tras ocho semanas de sauna, no hubo mejoras significativas ni en la presión arterial, ni en la rigidez arterial ni en la función vascular. Esta contradicción deja claro que todavía no sabemos exactamente quiénes se benefician realmente de este calor y en qué condiciones específicas ocurre.
Lo que pasa dentro del cuerpo y sus riesgos
Cuando entramos en una sauna, el calor provoca que los vasos sanguíneos se dilaten y la frecuencia cardíaca suba. El cuerpo tiene que esforzarse al máximo para regular la temperatura, lo que genera una respuesta cardiovascular muy parecida a la del ejercicio moderado. Pero ojo: que el corazón trabaje más no significa que la sauna pueda sustituir los beneficios reales de salir a caminar o ir al gym.
Además, hay efectos secundarios que no suelen mencionar en el folleto del spa. Un estudio reveló que el uso frecuente de sauna durante tres meses redujo temporalmente la movilidad y la concentración de los espermatozoides en hombres sanos, aunque los niveles volvieron a la normalidad al dejar de exponerse al calor. Tampoco podemos olvidar que el calor intenso puede causar deshidratación y complicaciones serias en personas con ciertas enfermedades.
Al final, la ciencia nos recuerda que una correlación estadística no es una prueba definitiva. La sauna puede ser un complemento relajante, pero no es el camino corto para evitar la vejez. ¿Tú qué dices, seguirías entrando al horno aunque no te diera años extra de vida?
