Sol Abraham contó que ayudó a su ex a salir del clóset y la pareja de él salió con los tapones de punta

Sol Abraham llegó este fin de semana a PH: Podemos Hablar con el modo confesión activado. La ganadora de Gran Hermano Generación Dorada se sentó frente a Andy Kusnetzoff y contó, con lujo de detalle y una calma que sorprendió a todos, cómo fue el final de su matrimonio de ocho años con Marcelo Da Corte, padre de su hija Delfina. El giro que nadie esperaba: ella dice que lo ayudó activamente a asumirse gay.
"Mi exmarido es gay y a mí me pareció buena idea apoyarlo. Él como que se sentía… como que lo animé a serlo", arrancó Sol, con la naturalidad de quien está contando cómo eligió la cena de Navidad. Lo llamó un alivio. Lo mejor para los dos. Una decisión con la que ambos fueron felices y que, lejos de borrarlo todo, dejó en pie algo importante: "No me gusta perder el tiempo. Si bien no fue una pérdida de tiempo, fuimos re felices y tuvimos una hija".
Pero el relato no se quedó en el titular. Sol fue más lejos y contó que en un viaje entre Madrid y Marbella se puso a googlear —así, en el auto, en movimiento, como hacemos todos cuando la vida nos supera— cómo ayudar a alguien a asumir su orientación sin culpa. Habló con psicólogos, se empapó de información y siguió un protocolo cuidadoso para contárselo a Delfina: primero que los papás vivían separados, después que el papá tenía una nueva pareja, y finalmente que esa pareja era un hombre. Todo medido, todo pensado, todo ordenado con una prolijidad que en la tele suena casi perfecta. Y ahí está, precisamente, el problema: cuando algo suena tan redondo, alguien que no participó del armado del relato puede tener algo que decir.
Ese alguien fue Lautaro Marchesini, fisicoculturista y actual pareja de Da Corte. Marchesini tomó nota de cada palabra del programa y respondió en sus redes con un mensaje extenso, sin escalas y —hay que reconocerlo— bastante bien escrito. No fue un like de apoyo ni un comentario ambiguo que dejara lugar a la duda. Fue una declaración de guerra educada, que es, como todos saben, la peor clase de declaración de guerra.
El fisicoculturista abrió con una observación que parecía filosófica pero no lo era: "Cuando una persona no tiene contenido propio, termina haciendo de la vida y la privacidad ajena su tema principal". Después vino la sugerencia, envuelta en ironía tan fina que casi cortaba: "El resentimiento es algo que se puede trabajar y sanar, incluso con la ayuda de especialistas. Ojalá algún día puedas hacerlo y encontrar algo propio de que hablar, sin necesitar exponernos para sentirte relevante". Marchesini no preguntó, no dudó, no dejó grieta: fue directo al punto.
Y entonces llegó la parte que puso a todos en alerta. Marchesini dejó caer que él también podría hablar. Que hay información guardada que haría tambalear el castillo que Sol construyó, que podría contarla, pero que elige no hacerlo. "Yo elijo la privacidad, el respeto y, sobre todo, mi paz mental", escribió, marcando la diferencia entre lo que podría hacer y lo que decide hacer. Es el tipo de frase que, paradójicamente, dice mucho precisamente porque dice que no va a decir nada.
El cierre fue la frase que quedó dando vueltas en redes y en la cabeza de cualquiera que la leyó: "Mientras otros necesitan hablar de ella, nosotros preferimos vivirla. Cuatro años y no sanar".
Cuatro años. Ahí es cuando el cuento de la superación total, el divorcio moderno y los cuatro felices se complica. Que Sol tenga derecho a contar su propia versión de algo que vivió, nadie lo discute. Que esa versión incluya detalles íntimos de quien fue su marido y de la relación que él hoy tiene con otra persona es, cuando menos, territorio resbaladizo. Marchesini eligió señalar exactamente eso, sin insultos, sin escándalo, pero sin dejar ninguna palabra fuera de lugar. La pelota queda ahora en la cancha de Sol. Y el resto, mirando.
