Conmoción en la música salteña: murió a los 36 años Lucas Montanaro, exintegrante de Canto 4

La música salteña está de duelo. Lucas Montanaro, tecladista y cantante de 36 años, murió después de sufrir una descompensación mientras jugaba al fútbol con amigos. Uno de esos momentos cotidianos —un partido, una tarde entre conocidos, nada fuera de lo común— que terminó transformándose en una despedida que nadie esperaba y que golpeó de lleno a toda una comunidad musical.
Lucas no era un músico de ocasión. Había construido un camino sólido y respetado en la escena del norte argentino, dejando su marca en distintas formaciones a lo largo de los años. Para muchos, su nombre está unido a Macumbicos, una agrupación salteña que arrancó en 2013 con la intención de explorar distintas vertientes de la música popular. El proyecto reunió músicos con ganas de hacer un repertorio que mezclara composiciones propias con versiones, y Lucas fue desde el principio una pieza central: tecladista y una de las voces del grupo, el tipo que le daba color a los arreglos y presencia al sonido.
Con Macumbicos recorrió escenarios en Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca y Córdoba. En cada presentación fue construyendo ese vínculo silencioso que se forma entre un músico y quienes lo escuchan: primero una canción, después otra, hasta que una melodía termina instalándose en la memoria de quienes estuvieron ahí. En 2016, la banda lanzó su primer álbum: 14 canciones, diez propias y cuatro versiones. Para Lucas y sus compañeros, no fue simplemente publicar un disco; fue dejar registrada una etapa de un recorrido que ya venía dando frutos en vivo. Temas como "Sabático" y "El Carpero" quedaron como parte de esa identidad musical que la banda fue construyendo presentación a presentación.
En los últimos años, su nombre se sumó a otra historia importante: la de Canto 4, uno de los conjuntos salteños de mayor reconocimiento. Como pianista y tecladista, Lucas pasó a ser parte de sus momentos más significativos. En marzo de 2024 estuvo a cargo del piano durante la interpretación de la "Misa Criolla" de Ariel Ramírez que Canto 4 presentó en Salta, junto a un ensamble de 35 coristas del Centro Cultural América y miembros del coro Arsis. Una obra profundamente arraigada en la identidad cultural argentina, y el piano de Montanaro fue una pieza más —no menor— de esa puesta que reunió voces y músicos alrededor de algo más grande que cualquiera de ellos.
Ese mismo año, su participación estuvo enmarcada en la celebración por los 25 años de trayectoria del conjunto y en la presentación de su álbum "Presente", donde fue anunciado como parte del equipo encargado del piano y los teclados. Ese es el rol que Lucas supo ocupar durante años: el que trabaja detrás de las voces, el que le da cuerpo, profundidad y movimiento a cada canción sin necesitar el centro de la escena para hacerlo bien.
La noticia de su fallecimiento fue comunicada públicamente por el Instituto Nacional de la Música, que compartió fotografías del artista y expresó su acompañamiento a familiares, amigos y colegas. "Despedimos a Lucas Montanaro, reconocemos su aporte a la música argentina y acompañamos a sus familiares, amistades, colegas y seres queridos en este momento", señalaron desde el organismo. Detrás de esas palabras institucionales quedó el dolor real de una comunidad que perdió demasiado pronto a uno de los suyos.
Lo que más pesa es lo inesperado. Lucas tenía 36 años y, según contó su tío, era "un chico joven y sano. La vida normal, un chico sin ninguna adicción". Sus amigos que estaban ese día jugando al fútbol tuvieron que vivir en carne propia cómo una tarde cualquiera puede cambiar para siempre. Su familia, encontrar la forma de entender algo para lo que no hay respuestas.
Pero en medio de ese dolor apareció un gesto que le otorga otro significado a su partida. La familia de Lucas decidió donar sus órganos para que otras personas pudieran tener la oportunidad de seguir viviendo. En el momento más difícil, cuando la ausencia todavía resulta imposible de asimilar, sus seres queridos tomaron una decisión enorme: permitir que parte de Lucas continuara en otros. Así, mientras quienes lo conocieron aprenden a vivir con este vacío, algo de él sigue adelante. Una paradoja dolorosa y, al mismo tiempo, un acto de amor que transforma su despedida.
