Cómo Enriquez y Larraín armaron 'Mis muertos tristes': cuatro cuentos, una casa y un barrio que grita

La dupla que no sabíamos que necesitábamos, Mariana Enriquez y Pablo Larraín, acaba de entregarle a Netflix una miniserie de terror social que ya está dando qué hablar. Se llama Mis muertos tristes, y no solo es el primer caso en la historia del 74° Festival Internacional de Cine de San Sebastián en competencia oficial presentado como largometraje ininterrumpido (187 minutos de una), sino que además reinterpreta el universo de la escritora argentina de una forma que está generando conversación.
Olvidate de que adapten un solo libro. Acá la cosa es más jugada. La miniserie de cuatro capítulos, estrenada esta semana, no es una adaptación literal sino un ensamble de cuatro cuentos para armar una trama inédita. Tres de los relatos vienen de Un lugar soleado para gente sombría (2024): el relato homónimo, "Julie" y "Mis muertos tristes", este último el esqueleto central de la historia. El desafío era tremendo: cada texto habita su propio universo narrativo, con personajes y geografías distintas. ¿Cómo se hace convivir eso?
La operación: de cuentos sueltos a una familia inventada
El trabajo conjunto de Enriquez con el director Pablo Larraín, la dramaturga Anastasia Ayazi y el guionista Guillermo Calderón consistió en fundir esos universos en una sola casa, un solo barrio y un linaje familiar femenino que los contiene a todos. El cambio más significativo fue la creación de una familia, porque en los cuentos originales los personajes están sueltos, cada uno en su propio microcosmos. En la miniserie, todo converge en Ema, interpretada por Mercedes Morán: una médica de sesenta años recién jubilada del Hospital de Clínicas, que convive con el fantasma de su madre fallecida, recibe a su hija (una fotógrafa en tensión permanente con ella, encarnada por Dolores Fonzi) y acoge a su hermana Lidia junto a la sobrina Julie.
Julie cambió su genealogía. En el cuento original era una prima estadounidense a quien sus padres trajeron a Argentina porque no podían pagar el sistema de salud privado. En la serie es la sobrina directa de Ema, y su capacidad para interactuar físicamente con los muertos (que son sus únicos amigos y amantes invisibles) funciona como un catalizador que desestabiliza todo el grupo familiar. La pregunta que guía la serie, como definió Enriquez, es tajante: los fantasmas funcionan como la memoria, aquello que vuelve y muchas veces no se puede calmar porque tiene que ver con la injusticia. "Es una pregunta abierta, sin respuesta: ¿Qué hacemos con esos fantasmas?".
Cómo nace la idea: dengue, repelente y un departamento en Buenos Aires
El proceso de escritura del guion fue colaborativo desde una anécdota bien argenta. El primer encuentro creativo formal entre Enriquez y Larraín ocurrió en un departamento de Buenos Aires, durante una epidemia de dengue. Larraín llegó a la ciudad sin repelente, y fue Enriquez quien le consiguió unos frascos del producto. Según ambos creadores, ese acto de supervivencia barrial y precariedad cotidiana marcó el tono de toda la serie: mujeres que atraviesan privaciones y desarrollan estrategias marginales de subsistencia en un entorno persistentemente hostil.
La participación de Enriquez en el proceso de guion fue más comprometida de lo habitual en las adaptaciones de su obra. Ella misma explicó su filosofía habitual: estar lo más distante posible, en parte por cobardía (por si sale mal) y en parte porque "un guion es totalmente diferente. La cabeza que piensa un guion no es la cabeza que piensa la narrativa". Pero la convocatoria de Larraín cambió su disposición. "Aquí tuve más vínculo porque él me pidió. Y me gusta cómo quedó. Pero más allá de eso, yo no quería perder la oportunidad de trabajar con alguien tan importante", dijo en una entrevista. Agregó que la experiencia fue "un curso rápido de entender cómo funciona todo eso: un director de Hollywood y una megaproductora".
El barrio como personaje: Piedrabuena, Villa Lugano y el brutalismo
Otra transformación clave fue la geografía. Los relatos de Enriquez transcurren en espacios dispersos: casas de barrio, una cabaña vacacional, Los Ángeles. La miniserie ancla toda la trama en el Barrio Piedrabuena, un complejo habitacional de Villa Lugano, en el sur de Buenos Aires. Su brutalismo arquitectónico no es solo un fondo cinematográfico: opera como un personaje en sí mismo, dando peso y atmósfera al horror que respira en cada esquina.
El detonante del horror también se modificó. Donde los cuentos presentaban la violencia y la presencia espectral como una condición crónica y latente, la serie introduce un evento puntual que detona todo. Tres adolescentes del barrio son asesinados. Simultáneamente, el cadáver de una persona flota en un tanque de agua en la azotea de uno de los edificios (este motivo viene del cuento "Un lugar soleado para gente sombría", pero trasplantado de California al conurbano bonaerense). El agua contaminada que consume toda la comunidad actúa como vector de contagio: a partir de ese momento, los vecinos que antes cerraban sus puertas ante los gritos de los moribundos se ven forzados a escuchar y ver a los muertos que el sistema legal e institucional dejó sin justicia.
Larraín explicó la complejidad de ese traspaso entre lenguajes: "Cuando uno trabaja con una escritora que tiene un universo tan complejo, tan sofisticado y tan bien armado, hay que entrar en él y hacer todo lo posible por cuidarlo en el proceso". Lo difícil, agregó, es transportar "cosas que ella explica o narra con literatura, que son cosas más abstractas, sensaciones y emociones, a otro lenguaje".
Así quedó armada Mis muertos tristes: un rompecabezas de terror social donde cada pieza del cuento original encontró un lugar en una trama inédita, donde los fantasmas de la injusticia no descansan, y donde un barrio entero se convierte en el escenario de la pregunta que Enriquez deja abierta.
