Prácticamente magia 2: el cuarto círculo del infierno del cine de chicas

Que estemos todos ya muertos y solo seamos almas penando por el cuarto círculo del infierno es la única explicación a tamaña condena que es Prácticamente magia 2. La secuela del drama brujeril noventero llega veintioches años después del original, y con ella regresan Sandra Bullock y Nicole Kidman a disfrazarse de las hermanas Sally y Gillian Owens en lo que promete nostalgia y entrega una aventura infantiloide de repipiez recalcitrante.
Se habla de un fenómeno de culto que parece más bien fabricado con retrospectiva, una nostalgia manufacturada para sumarse al espectro que se cierne sobre la cultura pop contemporánea. Nada que ver con verdaderos éxitos de nicho como Jóvenes y brujas (1996) —que ya engendró su propia secuela en 2020— o Fuera de onda (1995), de la que ya viene una versión centennial en formato serie. Aquellas sí tenían algo que decir. Esta, honestamente, no.
El hechizo que no funcionó
Lo más terrorífico del asunto es la nómina detrás de cámaras. Los guionistas son Akiva Goldsman (Una mente maravillosa, Cinderella Man) y Georgia Pritchett (Veep, Succession). La directora es la danesa Susanne Bier, ganadora del Óscar a Mejor Película Extranjera en 2011 por En un mundo mejor y quien ya había trabajado con Bullock en la muy entretenida Bird Box: A ciegas (2018). Con semejante equipo en la cancha, el resultado es tan insípido que duele físicamente.
Si la película apela al público de mujeres adultas que se identificó con el espíritu de sororidad de la primera entrega —un film infinitamente más emocionante e inspirador—, el resultado es un menosprecio. Si apunta a un público infantil, también. Lo que hay en más de dos horas de duración es el abismo: la confusión del cine de chicas con una tontería. La muerte aquí significa convertirse en polvo de estrellas. Uno de los grandes gags de la película es que la magia provoque que la gente se tire el café encima. Sí, leyeron bien.
Brujas adultas, conflictos de kínder
La trama retoma a las hermanas en la adultez. Sally (Bullock) es madre de Antonia (Maisie Williams, Juego de tronos) y Kylie (Joey King, Bullet Train), a quienes ha ocultado su linaje descendiente de una bruja quemada en la hoguera. Viuda por culpa de la maldición familiar —que condena a muerte a todos los hombres amados por las Owens—, Sally reniega de la magia y del amor. Gillian (Kidman), por el contrario, despacha tantos cubatas como novios de una noche y usa la magia para encender la minipímer a distancia. También reaparecen Dianne Wiest (Eduardo Manostijeras) y Stockard Channing (Grease) como las tías solteronas y excéntricas, aunque ni su carisma logra salvar el barco.
Cuando una de las hijas descubre la maldición de la peor manera, el grupo se lanza a Inglaterra para romper el hechizo. La Inglaterra que encuentran, eso sí, parece anclada en la época jacobina, con posaderos, corralas y mansiones que harían fruncir el ceño a cualquier viajero del tiempo. Los enfrentamientos con brujos de magia negra recuerdan demasiado al universo de Harry Potter o al desenlace de un capítulo de Buffy Cazavampiros. El discurso del villano es tan poco interesante que el montador decidió dejarlo de fondo, apenas audible, y tampoco como recurso irónico.
Los personajes jóvenes están tan desaprovechados que a Williams simplemente la aparcan en un hospital para que cuide de un paciente moribundo, y nadie supo qué hacer con ella. El elenco merecía más. El público también.
El libro de autoayuda más caro de la historia
Todo el mundo en esta película se dice continuamente que se quiere, todo el mundo se abraza, se toca y se sonríe como si tuviera grapas atravesando las mejillas. El mantra de que "no hay magia más poderosa que la de la hermandad" se repite como consigna sacada del peor libro de autoayuda. Matilda, de Roald Dahl, tenía más ingenio en uno solo de sus momentos mágicos que esta familia entera. Los planos también son estereotipados: la película arranca con un acercamiento aéreo sobre la ciudad hasta llegar a la casa de las protagonistas, construida en plató, mientras suena una música tintineante constante. Y no lo hace como recurso irónico.
Prácticamente magia 2 es absolutamente blanca, en todos los sentidos. Aunque las protagonistas lleven paraguas, no se meten en ningún charco. No hay conflicto más allá del principal: ¿magia sí o magia no? Si esperaban la rebeldía de Jóvenes y brujas o el ingenio de Fuera de onda, prepárense para el chasco. La única pregunta que queda al salir de la sala es si era realmente necesario desenterrar este clásico para darnos una lección magistral de cómo no hacer una secuela. La maldición de las Owens, al parecer, también alcanza al público.
