¡Brad Pitt te trae una peli con alma (y un perro parcero)!

El cerebro detrás de todo esto es David Ayer, un director que domina el thriller de acción y el cine bélico, y que ya trabajó con Pitt en Corazones de acero. En el corazón de la bestia regresa a terrenos que conoce bien: un antiguo boina verde que intenta dejar atrás el trauma de la guerra y se refugia en la naturaleza junto a su perro, otro veterano de cuatro patas.
La película apuesta por la sencillez. Apenas dura noventa y cinco minutos y prácticamente todo recae sobre Pitt y el animal, con muy poco reparto alrededor. Funciona mejor cuando se centra en esa relación que cuando intenta buscar una tensión convencional. Aquí, el enemigo no es un villano con un plan maestro: es el trauma, la soledad y una naturaleza que tampoco da tregua.
Puede acusarse a la película de cierta falta de ritmo, pero ahí radica parte de su encanto. Tiene ese aire de novela de aventuras clásica: paisajes que quitan el aliento, silencios que hablan un montón y una relación entre hombre y perro que se siente genuina. El animal funciona por su expresividad, no como una criatura digital fabricada por ordenador.
En una cartelera cada vez más ruidosa, llena de explosiones y sagas interminables, En el corazón de la bestia llega como un respiro. Es una historia adulta, pequeña y con alma, de esas que no necesitan dos horas y media ni una montaña de efectos especiales para contar algo.
