Olvidate de 'Relatos salvajes': la mejor peli de Darín es otra, según los que saben

Che, atención, que acá se armó un debate que nos dejó de cara. Ricardo Darín, el capo de capos de nuestro cine, ese que te hace reír, llorar y agarrarte la cabeza en cada papel, tiene una filmografía que es oro puro. Su presencia en pantalla tiene una magia única, una mezcla de cercanía y misterio que pocos logran: precisión y magnetismo en la misma dosis, como si lo hubieran calibrado en un laboratorio de carisma. Ya sea cálido, irónico o directamente peligroso, Darín siempre la rompe, y todos tenemos una peli suya que nos marcó a fuego.
Pero resulta que, mientras nosotros debatimos si Relatos salvajes fue su pico o si El secreto de sus ojos es insuperable, la crítica, esa gente que de cine sabe un montón (o al menos dice que sabe), fue decantando en silencio una preferencia más discreta y, a la vez, más contundente. No es ninguna de esas dos gigantes. La peli que más aplausos silenciosos y unánimes cosecha entre críticos y programadores de festivales es otra. ¿Cuál? Dale, no te hago más intriga: es Nueve reinas, la obra de Fabián Bielinsky.
Nueve reinas: un clásico que se oxigena
Para muchos en el mundo de la crítica, este thriller es la película donde Darín alcanzó su techo de versatilidad y carisma. Nueve reinas nos mete de lleno en el mundo de un estafador que parece inventarse a sí mismo en cada plano. La trama, llena de giros y dobleces, te mantiene pegado a la pantalla desde el primer minuto. Es una de esas películas que te enseñan que la viveza criolla puede ser un arte y que en Buenos Aires, hasta la vereda tiene su propia lógica moral.
Lo que la crítica destaca, y lo que la hace tan perdurable, es su aparente ligereza: parece un simple thriller de estafas, pero es mucho más profundo. Es un mecanismo dramático de precisión, una radiografía de la confianza y del deseo, y un ejercicio de estilo que convierte la ciudad en un tablero de apuestas morales. Bielinsky compuso un rompecabezas que es a la vez juego y retrato, con una dirección que te sumerge en esa atmósfera porteña de cafés, pasillos y fingimientos. Lo notable es que la película no envejece: se oxigena. Cada vez que la revisitás, encontrás algo nuevo: un detalle en el vestuario, un microgesto en un encuentro, una línea de diálogo que cobra otra luz cuando ya sabés el desenlace.
El Darín que nos volvió locos
¿Qué tiene la actuación de Darín en Nueve reinas para que la consideren la cumbre de su carrera? Acá es donde la cosa se pone interesante. Los críticos señalan que fue en esta película donde quedó claro que podía ser cálido y peligroso en la misma mirada. Esa capacidad de pasar de la ternura a la trampa con un solo gesto, de mentir con una sonrisa que te invita a creerle una vez más, es lo que construye una empatía extraña: queremos que el juego continúe aunque intuimos el riesgo.
Para muchos, fue acá donde Darín consolidó su persona cinematográfica: astuto, cercano, irónico, pero siempre con ese núcleo de humanidad que quiebra cualquier cliché. Antes había demostrado solvencia; en Nueve reinas se volvió inevitable. La puesta de Bielinsky construye la tensión desde lo pequeño —un gesto, un billete, un semáforo que parece contar el tiempo moral de los personajes— y ahí la interpretación de Darín es pura economía: cada microexpresión tiene un peso. No actúa para el truco; actúa para la verdad del truco. Sabe cuánto mostrar, cuánto retener, cuánto conceder a una audiencia que agradece la inteligencia. En ese vaivén entre la trampa y la ternura, su carisma deja de ser decoración y se convierte en herramienta dramática pura.
El legado de la estafa perfecta
El éxito de Nueve reinas no se quedó solo acá. La película cruzó fronteras con una facilidad poco común, consolidó un prestigio inmediato en festivales y hasta tuvo un remake en Hollywood. Pero, seamos honestos, la versión estadounidense —Criminal (2004)— certificó que el andamiaje narrativo funcionaba en otros idiomas, aunque la original mantiene un sabor intransferible. Esa mezcla de picaresca porteña, ética de la calle y melancolía de fin de siglo es el sello argentino que no se puede copiar.
Desde el estreno, el público la convirtió en favorita y la revisita encontrando nuevos pliegues cada vez. La crítica, por su parte, sigue destacando su capacidad para encender la duda en cada curva del relato, como si el espectador mismo estuviera tratando de adivinar el próximo movimiento. Las listas son útiles y, a veces, caprichosas, pero cuando muchas voces convergen, se perfila una certeza: Nueve reinas resume una idea de cine popular exigente, de entretenimiento con espina dorsal, de personajes que se mueven entre la astucia y la fragilidad. Entre barajas marcadas y promesas rotas, queda algo más hondo: el reconocimiento de que el gran truco del cine no es engañar, sino hacernos partícipes de la ilusión. Y en ese arte, según tantos críticos, esta sigue siendo la obra más afinada de su carrera. ¿Estás listo para el gran truco de Nueve reinas otra vez, o te la vas a hacer de goma?
