Doris Salcedo y el eco de Goya en Fragmentos: un choque contra la indolencia

En Fragmentos, en el centro de Bogotá, se presenta la exposición “Los desastres de la guerra”. La muestra, que se estrenó el 5 de septiembre, ya servía de premonición de la estética y la ética que amenazan con imponerse en los cuatro años que arrancaron el 7 de agosto. El montaje sitúa la mirada del espectador sobre un piso de acero, creado a partir de armas de la guerrilla y trabajado junto a mujeres víctimas de violencia sexual en el conflicto, sirviendo como base sólida para transitar el dolor.
Doris Salcedo es una artista colombiana de reconocimiento internacional que vive y trabaja en Bogotá. Se graduó en Bellas Artes en la Universidad de Bogotá en 1980, hizo un máster en la Universidad de Nueva York y ha sido profesora en la Universidad Nacional de Colombia. Su obra se caracteriza por el uso de objetos cotidianos, como ropa y muebles de madera, para generar instalaciones que hablan del duelo y la memoria.
El espejo de Francisco de Goya
El núcleo de la exposición son 82 láminas grabadas por Francisco de Goya entre 1810 y 1820. Estas obras retratan la invasión napoleónica y la hambruna en Madrid, rompiendo con la tradición del arte de la época que solía celebrar las victorias y humillar a los vencidos. Goya decidió ignorar los bandos para enfocarse en juzgar la barbarie, dándole el papel principal al sufrimiento y a la crueldad humana.
Estas imágenes, que miden apenas quince por veinte centímetros, poseen una precisión y una carga emocional devastadora. Goya no se limita a describir la escena, sino que utiliza los títulos para denunciar y acusar al espectador. El artista actúa casi como un reportero, pues intenta convencer a su público de que lo que observa es la verdad.
La memoria como oráculo
La obra de Salcedo ha funcionado históricamente como un oráculo del acontecer social. Sus piezas previas ya anticipaban tragedias o realidades duras: desde las sillas colgadas en la fachada del Palacio de Justicia antes del negacionismo sobre lo ocurrido el 6 y 7 de noviembre de 1985, hasta el palimpsesto de nombres de migrantes en el Palacio de Cristal de Madrid. También destaca la grieta en la Tate Modern, que apareció justo antes de que las redes sociales polarizaran el mundo en dos polos que buscan la desaparición del otro.
En esta muestra, la memoria se convierte en una herramienta para cuestionar la actitud de quienes observan el horror a través de pantallas. El recorrido, acompañado por poemas, invita a pensar no solo en el dolor ajeno, sino en quién tiene la capacidad de narrarlo y qué sucede con los testigos que permanecen imperturbados frente a la tecnología.
El horror en la era de la pantalla
La exposición pone el dedo en la llaga sobre la banalidad de la violencia actual. Se critica la pasividad ante imágenes de persecución a periodistas, dirigentes gremiales, el llanto de madres de jóvenes ejecutados extrajudicialmente o las bolsas de cadáveres que acompañan la figura del presidente/actor. La muestra señala cómo la gran prensa y la clase empresarial parecen rendidas ante el mandatario, permitiendo que la inteligencia artificial performe la violencia para disfrazarla de seguridad y orden.
El hecho de que Goya no publicara sus láminas en vida convierte estas obras en un símbolo de la autocensura y el silencio necesarios para que un orden violento se mantenga. Al final, el contraste es claro: mientras el piso de acero de Salcedo propone reutilizar el dolor para construir algo sólido, el resto de la realidad parece caer en el delirio de tolerar la violencia mientras no afecte lo propio. La capacidad de transformar ese dolor en un piso común para una sociedad rota sigue dependiendo enteramente de quien decide entrar a mirar.
