“Ser viejo me conviene”: Emmanuel Carrère y su charla sin filtro en Filba

El encuentro ocurrió el sábado 3 de octubre de 2026 en la Sala de Actos de la Facultad de Derecho de la UBA, en el marco del Festival Internacional de Literatura (Filba). Ante más de 800 personas, Emmanuel Carrère mantuvo una conversación de casi dos horas con la escritora Leila Guerriero, donde repasó tres décadas de su obra, sus dilemas éticos al narrar vidas reales y sus propias crisis personales.
Emmanuel Carrère es un escritor, guionista y director francés, graduado del Instituto de Estudios Políticos de París. Por su parte, Leila Guerriero es una periodista y escritora argentina. Juntos formaron un diálogo donde Carrère se mostró honesto, autocrítico y con un sentido del humor basado en la desconfianza hacia sus propias opiniones.
La lucha contra el bloqueo y la depresión
Uno de los puntos más fuertes de la charla fue la confesión de Carrère sobre sus periodos de bloqueo. El autor admitió haber estado totalmente convencido, en más de una ocasión, de que nunca volvería a escribir. Relató que, al enfrentarse a historias que lo aterraban —como la de Jean-Claude Romand en El adversario o la de su propia familia en Una novela rusa—, sintió que estaba frente a Medusa y que quedaba petrificado.
Esa sensación de espanto se tradujo en estados depresivos que duraron entre dos y tres años. Aunque mencionó que no fue hospitalizado en esos momentos, describió el proceso como una depresión silenciosa. Sin embargo, con el tiempo y la experiencia, aprendió a relativizar esa angustia. Si bien confesó que actualmente no tiene ningún proyecto de libro y que eso lo angustia un poco, sabe que ya pasó por lo mismo antes y que siempre logra retomar la escritura.
Desconfianza y el oficio de reportear
Carrère se puso crítico con la diferencia entre hacer opinión y hacer reportaje. Según su visión, existen dos familias en el periodismo: los que se dedican al análisis, el comentario y la editorial —cuyo trabajo es dar un punto de vista— y los que hacen reportajes, que intentan observar lo concreto de la vida de la gente.
El escritor dejó claro que él pertenece a la segunda familia porque desconfía profundamente de sus propias opiniones. Aseguró que no se da la razón fácilmente y que tiende a dársela a cualquier persona que tenga enfrente. Para él, esto es una cualidad y un defecto al mismo tiempo, ya que entrar en las razones ajenas es positivo, pero puede llevar a una flexibilidad que llega a ser casi "invertebrada".
La adolescencia eterna y el valor de envejecer
Sobre su historia personal, Carrère habló de la relación muy fusional que tuvo con su madre, Hélène Carrère d’Encausse, durante su infancia. Describió esa etapa como un paraíso y sintió que, cuando ese vínculo se deshizo, fue expulsado de él, iniciando una adolescencia muy larga que no sabe si terminó realmente. Mencionó que su libro más reciente, Koljós, empezó a tomar forma mientras su madre agonizaba en cuidados paliativos.
En cuanto a la vida, el autor planteó que el objetivo de estar en la Tierra no es necesariamente ser feliz, sino mejorar un poco. Para él, mejorar significa saber más y tener miras más amplias sobre uno mismo y lo que rodea, algo que definió como "think out of the box". El propósito sería entender los determinismos sociales, culturales y psíquicos para liberarse de ellos a través de la conciencia.
Esta filosofía lo lleva a ver el envejecimiento como algo aceptable. Carrère sostiene que, al envejecer, uno hace progresos, y como no estaba muy bien cuando era joven, concluyó que ser viejo le conviene.
El dilema moral de escribir sobre monstruos
Finalmente, el autor se metió en el terreno pantanoso de escribir sobre el asesino múltiple Jean-Claude Romand. Admitió que le costó muchísimo escribir la carta dirigida al hombre y reconoció que hubo una parte de complacencia en su enfoque. Al decirle que no le interesaba lo que había hecho, sino lo que le había pasado, Carrère reconoció que era acariciarlo a contrapelo, decirle lo que más podía tranquilizarlo.
Para el escritor, la historia de Romand era una tragedia donde el asesino también era casi una víctima, y no solo un monstruo que eliminó a su familia. Reflexionó sobre la responsabilidad moral de quien decide escribir un libro así, ya que, a diferencia de un juez o un abogado, el escritor no tiene una autorización social ni obligaciones asignadas, sino que avanza por un terreno minado.
