Pretoria y las mil formas de extrañar algo que ya no existe

Che, ¿ya escucharon lo nuevo de Pretoria? El quinteto bonaerense de indie rock tiró Tristeza criolla en todas las plataformas y, la verdad, es un viaje de ida. Si sos de los que se quedan manija pensando en el pasado, o en esa casa que ya no existe, preparate: este disco te pega justo en la fibra.
Para los que no los tienen tan fichados, Pretoria se formó en 2018 en General Villegas —un municipio de la provincia de Buenos Aires— y desde entonces construye, disco a disco, la historia de un héroe rockero mareado que intenta crecer en un contexto hostil. La banda la integran Agustina Sartori en teclados, Nicolás Zárate en batería, Luis María Cabezas en bajo, Fran Artola en guitarras y Pablo Bechara en voz y guitarras. Cinco personas construyendo un universo que crece con cada lanzamiento.
Empezaron con el EP debut Arbusto (2018) y después llegó Salud y adolescencia (2019): un disco profundamente tierno que explora el amor, la juventud y las amistades desde la perspectiva de esas primeras experiencias donde todo parece teñido de rosa. Los encuentros iniciales, el éxtasis de los primeros vínculos, esa sensación de que nada puede salir mal. Entre sus influencias aparecen The 1975, Arctic Monkeys y Tame Impala, y se nota: hay algo en esa paleta sonora que convierte la ternura en algo casi físico.
Después, en Historias de terror (2023), la cosa se puso más dark. La frescura de esas primeras experiencias se complejizó: el protagonista imaginario de la banda tuvo que bancarse pesadillas y oscuridades de las que nadie escapa. No como algo que se pueda evitar o enfrentar de frente, sino simplemente atravesar. Un disco construido como un todo, donde nada queda librado al azar y el espacio lúgubre que propone invita a darle batalla a los miedos que escondemos debajo de la cama. La evolución fue clara: de la ternura inicial a un abismo que, igual, hay que cruzar.
El viaje de vuelta que nunca termina
Ahora, con Tristeza criolla, Pretoria se mete de lleno en esa nostalgia que nos define a todos de una manera u otra. Este disco es exactamente eso: el deseo de volver a un lugar que ya no está, a una casa que solo existe en la memoria. La banda le rinde homenaje a Ignacio Corsini a través de una interpretación propia que funciona también como una forma de revisar su propia historia y contexto. Fogones, huellas, trigales: elementos de siempre, casi sagrados, que por algún motivo mutan y cambian de lugar. El disco te hace preguntarte qué onda con el paso del tiempo, cómo nos transformamos y cómo cambian los vínculos y las cosas que nos rodean.
Las letras son una piña. En "Hospitales", la precariedad de la existencia aparece en un contexto apocalíptico donde nada es certero, ni siquiera el propio cuerpo. "Todavía mi pulso sigue acá, persiste químicamente": una lucha constante entre un entorno que aplasta y la necesidad inevitable de resistir. Letras afiladas, camufladas entre bases novedosas, guitarras distorsionadas y sintetizadores que aportan matices y personalidad a cada canción. La mezcla funciona porque no se queda en ninguno de los dos extremos: ni puro ruido ni pura letra.
"10 de noviembre" arranca con la idea de volver a un pueblo donde el Día de la Tradición ya ni se festeja. La mutación colectiva como un quilombo inevitable, esa identidad nacional bastardeada y olvidada que de repente se hace visible en un detalle tan concreto como la ausencia de una fiesta. Por eso no es casual que la banda reivindique a Corsini y encuentre inspiración en la película Popular tradición de esta tierra, de Mariano Llinás: un puente conceptual entre el cine experimental, la memoria folclórica y el pulso urbano del rock independiente.
Un sonido que te abraza y te desafía
Pero no todo es drama existencial, che. Uno de los puntos más interesantes que explora la banda es el de habitar espacios incómodos sin caer en la fórmula dramática de siempre: trabajar y no tener plata, construir y no tener casa, desear que algo funcione y que nada suceda. ¿A quién no le pasó alguna de esas? Los vínculos afectivos —o la falta de ellos— también se revisan, y la propuesta del disco es que frente a todo eso lo único que queda es reírse irónicamente. Sin el apocalipsis que ya nos tiene hartos. Esa actitud resume bastante bien lo que hace Pretoria: encontrar el humor en la incomodidad sin romantizarla ni destruirla. "Fue condecorada por asesinar a los dictadores de Pretoria", dice una de sus canciones, y en esa imagen rara y potente está todo el espíritu del disco.
Así que ya sabés: si tenés ganas de flashear con la nostalgia, bancarte el caos con una sonrisa y escuchar un discazo que suena a casa pero también a futuro, Tristeza criolla te está esperando en Spotify.
