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Lo dejamos acá: ¿promesa cumplida o decepción total?

Teníamos la receta ideal: un equipo técnico de excelencia, un director y un autor consagrados, y el elenco más selecto del cine nacional. A todo eso sumale la banca de Netflix. Pero, honestamente, el resultado de Lo dejamos acá es bastante dispar, errático y pasatista. Es una lástima que, teniendo a semejantes luminarias, la película se quede a mitad de camino en lo que podría haber sido un viaje profundo al alma humana y a las contradicciones del ser.

La película pone el foco en el psicoanálisis, una profesión súper arraigada a los sentimientos argentinos. El duelo dialéctico queda en manos de Ricardo Darín y Diego Peretti, que probablemente sean los mejores actores de su generación. No es que la película sea mala, sino que la decepción viene de todo lo que pudo haber sido y no fue.

Detrás de cámara está Hernán Goldfrid, que vuelve al cine después de trece años. Goldfrid ya había trabajado con Peretti en Música en espera (2009) y con Darín en Tesis sobre un homicidio (2013). Esta vez se unió a Emanuel Diez, el guionista sarcástico de series como Nada, Coppola y El encargado. De hecho, el final de la película tiene algunas similitudes con la temporada final de El encargado.

La expectativa era altísima, sobre todo porque Darín, que produjo la película junto a su hijo el Chino, la llevó al festival de San Sebastián. Allí el festival le rindió homenaje al actor poniéndolo en el afiche principal.

¿En qué falla? El guion termina siendo una ensalada mal sazonada de géneros. Tira por ahí estilo Hitchcock, comedia, pesquisa y enredos, pero ninguno se desarrolla lo suficiente como para darle un cierre concreto a las buenas ideas del principio.

La trama arranca con Ulises Verón, un psicoterapeuta interpretado por Darín. El tipo es un crack: soluciona los dramas de sus pacientes, sale en la televisión dando consejos y es respetado tanto por el público como por la academia. Cuando la academia quiere darle un premio por sus logros, Verón lo rechaza y ahí es donde empieza todo.

La premisa era muy auspiciosa: un profesional que rechaza un premio porque siente que podría haber hecho mucho más por sus pacientes. Ulises usa métodos poco ortodoxos porque quiere generar cambios reales y no quedarse en esos encuentros semanales eternos que a veces no llegan a ningún lado. Pero, con el tiempo, se nota que no todo se resuelve con una frase elaborada o un consejito, y que hay peligros latentes en el alma humana.

Ahí entra Martin Bouchard, personaje de Peretti. Es un escritor reconocido y exitoso que se siente atraído por el estilo de Verón y quiere ser su paciente para tratar una afección que complica su salud, pero que al mismo tiempo es la única forma de que pueda desarrollar su arte.

La película intenta plantear lo complejo que es el ser humano y lo difícil que es curarlo de manera práctica, especialmente en un mundo donde la gente prefiere consultar sus análisis clínicos con ChatGPT antes que con un profesional, o donde se busca la empatía en las redes y en las máquinas, alejándose de la presencia humana.

El cine ya exploró el psicoanálisis en muchas obras, desde Cuéntame tu vida de Hitchcock en 1945 hasta los filmes de Woody Allen de finales de los 70 y los 80, o el cine de Nanni Moretti con Habemus Papam (2011) y La habitación del hijo (2001). Sin embargo, Lo dejamos acá no logra concretar ese camino.

Para cerrar, la película elige el peor recurso. Al no encontrar un final que esté a la altura de tanta mezcla de géneros, se manda un final que es un chiste en sí mismo. Puede que la audiencia iberoamericana lo festeje, pero deja a la trama sin un cierre digno. Básicamente, lo que venía mal terminó peor.

¿Ustedes creen que el psicoanálisis en el cine ya dio todo lo que tenía para dar o todavía hay espacio para algo que no sea un chiste?

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