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HBO lo hizo de nuevo: su nueva fantasía demuestra que no todo tiene que ser Juego de Tronos (¡y qué bueno!)

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¡Aguas! Porque el género de fantasía en la televisión siempre ha sido una joya, pero, seamos honestos, en la última década hubo un antes y un después de Juego de Tronos. Esa serie de HBO no solo fue un fenómeno de audiencia, sino que cambió por completo la forma de entender el género. De repente, todo mundo quería replicar su fórmula: intrigas políticas hasta el cuello, violencia sin censura, personajes ambiguos con agendas oscuras y mundos más lúgubres que lunes de resaca. Y sí, funcionó un rato, pero como que ya estaba cansando, ¿no?

El problema con las fórmulas de éxito es que, cuando todos las copian, dejan de ser fórmulas de éxito y se convierten en clichés. The Witcher intentó el camino de los mundos complejos y moralmente grises. Los Anillos de Poder apostó por la épica de escala descomunal. Cada una demostró que sí existen muchas maneras de construir grandes universos de fantasía, pero la sombra alargada de Juego de Tronos siguió ahí, planeando sobre todas como un dragón que nadie invitó a la reunión.

Adiós al Trono de Hierro, hola a la buena onda

Y entonces llega El Caballero de los Siete Reinos. Lo más irónico del asunto es que, si alguna producción tenía todos los motivos del mundo para parecerse a Juego de Tronos, era precisamente esta: pertenece al mismo universo creado por George R.R. Martin, comparte el mismo mundo de Poniente, y forma parte de la misma franquicia que también incluye a La Casa del Dragón. Cualquiera habría apostado a que iba a ser más de lo mismo. Y cualquiera habría perdido la apuesta.

Desde el primer episodio, la serie deja clarísimo que va por otro camino. Mientras que sus hermanas mayores construyeron buena parte de su identidad alrededor del drama, las conspiraciones y los conflictos dinásticos que te hacen dudar de la humanidad entera, El Caballero de los Siete Reinos apuesta por un tono mucho más ligero y cercano. Casi cálido, si eso es posible decirlo del mismo universo donde los Stark sufrieron lo que sufrieron.

La serie nos presenta las aventuras de Ser Duncan el Alto, un joven caballero que recorre Poniente acompañado por Egg, un muchacho misterioso que, spoiler amable, terminará teniendo una gran importancia en la historia. El mundo es el mismo que ya conocemos, con sus castillos, sus caballeros y su política complicada, pero el ambiente oscuro y aplastante al que la franquicia nos tenía acostumbrados aparece aquí en un volumen mucho más manejable.

La mejor declaración de intenciones está justo al principio

El mejor ejemplo de este cambio de tono llega prácticamente en los primeros minutos. Cuando uno ya se está preparando mentalmente para el clímax dramático de la presentación del protagonista —casi esperando escuchar la sintonía icónica de Juego de Tronos— la escena da un volantazo inesperado y muestra a Dunk en una situación completamente cotidiana, casi cómica. Es una declaración de intenciones enorme y muy deliberada: esta historia no va de quién se sienta en el Trono de Hierro, no va de traiciones que te dejan sin palabras, no va de sufrir durante ocho temporadas. Va de otra cosa.

Esa otra cosa resulta ser exactamente lo que el género necesitaba: demostrar que la fantasía también puede ser divertida, entrañable y humana sin perder un gramo de profundidad. Y lo más significativo no es solo que funcione, sino de dónde viene. Si el universo que durante más de una década asociamos con la fantasía más oscura, compleja y emocionalmente devastadora decide salirse de esa línea y aun así conquistar, entonces le está abriendo la puerta de par en par a que futuras producciones del género se atrevan a explorar caminos completamente diferentes. Menos traiciones, más aventura. Menos conspiraciones, más corazón.

A ver si así los demás se animan a innovar un poquito. Porque El Caballero de los Siete Reinos acaba de demostrar que no hace falta imitar a nadie para estar a la altura. ¿Y ustedes ya le están echando el ojo?

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