El árbol mágico: ¿la fantasía con Andrew Garfield que nos sacará del celular?

Prepárense, banda, porque en 2026 nos llega una película que parece haber leído nuestra mente y nuestros problemas con la tecnología. Se trata de El árbol mágico, adaptación de un clásico de la literatura infantil británica que, por lo que suena, es mucho más que un simple cuento de hadas. ¿Quién no ha sentido la tiranía de los dispositivos y la tentación del scroll infinito?
Dirigida por Ben Gregor y con guion de Simon Farnaby —el mismo responsable de Paddington 2 y Wonka, así que la magia está en buenas manos—, la película nos trae un elenco que ya de entrada levanta expectativas. Andrew Garfield encabeza el reparto junto a Claire Foy, y se suman Rebecca Ferguson, Nicola Coughlan, Nonso Anozie, Jennifer Saunders y las jóvenes Billie Gadsdon, Phoenix Laroche y Delilah Bennett Cardy. Con ese combo, al menos las actuaciones estarán de diez.
La trama nos presenta a la familia Thompson, espejo bastante fiel de nuestra sociedad actual. Tim (Garfield) y Polly (Foy) luchan contra la omnipresente influencia de las pantallas en la vida de sus tres hijos. Las cenas son un campo de batalla contra los videojuegos y hasta la heladera inteligente tiene más consejos que el propio papá. Polly, cansada de la falta de responsabilidad corporativa en su trabajo en una empresa de tecnología en refrigeración, decide dejarlo todo. ¿Les suena familiar? Niños y adultos atrapados en las garras de la Inteligencia Artificial y la voracidad de las grandes empresas. El dilema de siempre: ¿cómo escapamos de esta Matrix digital? ¿Y de verdad queremos escapar?
La solución para los Thompson está en un lugar inesperado: un viejo libro de sueños que Tim y Polly escribieron cuando eran estudiantes de arte, en una época donde el mundo analógico todavía existía. La familia decide huir de la ciudad y mudarse al campo, a una utopía rural donde pretenden emprender con salsa de tomate. Un viaje en tren, un granero destartalado, la lucha diaria contra los niños enganchados a la tecnología y una suegra que no ayuda: caldo de cultivo perfecto para que la magia, literal, empiece a ocurrir.
Como buen cuento de hadas, El árbol mágico tiene un bosque encantado, duendes y hadas, y una frontera entre lo real y lo imaginado tan porosa como el wifi de una cabaña en la sierra. Ahí habitan personajes excéntricos: el hada pizpireta Silky, un hombre con cuerpo de cacerolas, una señora que lava absolutamente todo y el icónico Cara de Luna, con su voz ronca y su peluca alunizada. Los dibujos más locos de la imaginación cobran vida de una forma que promete devolvernos esa mirada infantil que a veces se nos olvida que tuvimos.
Al principio, los niños extrañan la electricidad y el internet —qué tortura— mientras los padres intentan que el invernadero y los tomates rindan frutos. Pero es la pequeña y silenciosa Fran (Billie Gadsdon) quien descubre el bosque y, poco a poco, el mundo encantado empieza a infiltrarse en su realidad materialista. La convivencia se vuelve posible gracias a la tolerancia y el entendimiento. Claro que no todo es miel sobre hojuelas: en el mundo real, una abuela superocupada en negocios y reuniones usa el orgullo materno como forma de sanción, y en el bosque encantado, una maestra rezongona interpretada por Rebecca Ferguson impone autoridad a fuerza de bofetada y prisión.
Más allá de la dicotomía entre fantasía y realidad, El árbol mágico profundiza en el peso de los sueños y las decisiones de otros en nuestras propias vidas. ¿Qué queda de los sueños de juventud de Polly y Tim en el presente? ¿Cómo balanceamos nuestros deseos con las expectativas de los demás sin decepcionar a nadie? Son preguntas que conectan a adultos y niños, y también a las diferentes versiones de nosotros mismos a lo largo del tiempo. Una historia que, a pesar de tener casi un siglo de existencia —la obra original de Enid Blyton se publicó en 1939—, no ha perdido su chispa ni su mensaje universal. Porque la imaginación siempre encuentra un hueco, incluso cuando el mundo tecnológico nos quiere convencer de lo contrario. Nuestra opinión: buena. Y eso que los tomates todavía no han salido.
