Brad Pitt y un perro de combate en «El corazón de la bestia»: la última amistad

A un hombre puede quedarle muy poco después de treinta años de guerra. A James Belmont, el personaje de Brad Pitt, le queda Odín: un perro de combate que ha compartido con él Irak, Afganistán y una intimidad forjada en la supervivencia. Cuando el avión en el que viajan se estrella, quedan aislados en la naturaleza de Alaska y obligados a emprender juntos una última batalla.
Esta es la premisa de «En el corazón de la bestia», la nueva película del director David Ayer, quien ya había trabajado con Pitt en «Corazones de acero» (2014). Ayer convierte la clásica historia del hombre contra los elementos en algo más profundo: la de dos supervivientes que intentan regresar, si no a la civilización, al menos a algo parecido a la paz. El paisaje no es solo escenario; también es antagonista y reflejo del estado mental de James. La película se rodó en Nueva Zelanda, cuyos glaciares, montañas, bosques y ríos recrean la Alaska más inhóspita.
Cuando todo lo demás desaparece
Lo curiosa del momento cinematográfico es que apenas un mes después de otra película en la que un perro acompaña al protagonista en un mundo hostil, llega esta cinta donde Odín es el último vínculo de James con la vida. El cine vuelve una y otra vez a ese vínculo. De «Soy leyenda» a «Siempre a tu lado, Hachiko», pasando por tantas historias donde el animal funciona como compañero, espejo o último depositario de la confianza humana, la fidelidad canina se ha convertido en un recurso emocional casi infalible.
Hay una trampa sentimental en esto, claro. Vivimos tiempos en los que algunos han humanizado tanto al perro que han terminado animalizándose ellos mismos, capaces de sufrir más por la muerte de uno que por la de un semejante. Pero en esta película la relación funciona porque no necesita demasiadas palabras. Pitt tuvo que construir buena parte de su interpretación mediante gestos, miradas y movimientos.
Antes del rodaje en Nueva Zelanda, el actor pasó tres semanas familiarizándose con los perros que interpretarían a Odín para que la conexión entre ambos resultara creíble. Llegó a comportarse casi como un adiestrador más, una preparación especialmente importante en una película en la que buena parte del relato depende de que el espectador crea en esa relación. En una historia donde la camaradería entre un hombre y su perro es el corazón de todo, cada gesto cuenta.
La bestia tiene varios significados
Hay una pequeña ironía en el reencuentro entre Pitt y Ayer. Ya habían trabajado juntos en «Corazones de acero», otra película atravesada por la guerra y la camaradería. Entonces, el corazón estaba en el título; ahora está en el centro de la historia.
Ayer juega con varios sentidos de esa «bestia»: puede ser el territorio salvaje, puede ser la guerra que James arrastra consigo y puede ser también Odín, cuyo corazón representa la lealtad que mantiene vivo a su compañero. Por eso «En el corazón de la bestia» quiere ser algo más que una película de supervivencia. James y Odín avanzan hacia un territorio que parece encontrarse entre la vida y la muerte, mientras el paisaje exterior acaba confundido con el interior. La naturaleza se convierte progresivamente en una pesadilla y el viaje físico, en otro viaje: el de un hombre que intenta dejar atrás la guerra.
Al final, lo que queda no es tanto la lucha del hombre contra la naturaleza como la de un hombre que se niega a abandonar a aquel que, durante años, nunca lo abandonó a él.
