El cineasta que se metió en Malvinas para filmar la guerra desde el otro lado

El documental Los vencedores ganó en el Bafici 2026 el premio a la Mejor Dirección y el Gran Premio Ciudad de Buenos Aires. La película, que pasó por festivales como Locarno, Lima y el Marché du Film de Cannes, es el resultado de tres viajes y 300 horas de material filmado por Pablo Aparo.
La idea nació en 2018, cuando Aparo presentaba su segundo documental, El espanto, en un festival en Sheffield, Inglaterra. Ahí un productor británico le comentó que la película le recordaba a pueblos del norte de su país y que le gustaría ver algo parecido filmado allá. Fue la epifanía para que el director decidiera que su próximo objetivo serían las Malvinas.
Un aterrizaje con advertencias
Cuando Aparo aterrizó en enero de 2020 en la base militar británica de Mount Pleasant, se encontró con una realidad bastante chocante. Al bajar del avión, vio carteles que prohibían el uso de cámaras y sombreros. Otros folletos pedían no exhibir banderas argentinas, no usar remeras que dijeran "Malvinas" y no generar malestar público. El director contó que nunca había visto algo así en un aeropuerto.
En ese primer viaje, que era solo de investigación, Aparo fue sin productor ni equipo, solo con una cámara chica y fondos de Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires y el Fondo Nacional de las Artes. Se fue hasta Fox Bay, en la isla Gran Malvina, donde filmó lo que pudo con una familia local que, más tarde, decidió no participar del proyecto. Igual, el lugar lo dejó impactado: lo describió como muy hermoso, con sol, viento y una costanera.
Bares, cumbia y una red de contactos
El proyecto tomó fuerza gracias a una mujer chilena que Aparo conoció en un bar de Puerto Argentino tras una noche de borrachera. Ella se entusiasmó con la idea y mantuvo el contacto con él durante toda la pandemia. Cuando el director volvió en 2023, esta mujer le abrió puertas que el gobierno local no le permitía.
Aparo terminó metido en la cultura de los bares del pueblo, que tiene siete locales para menos de 3.500 habitantes. Desde el Victory, donde se juntaban sus amigos, hasta el Rose, donde al principio le advirtieron que lo iban a tratar mal pero que terminó siendo bien recibido. Uno de los bares, puesto por chilenos, tiene karaoke y videojuegos; ahí Aparo vivió la surrealista experiencia de ver a isleños cantando Soda Stereo o cumbia villera.
Para el tercer viaje, en 2024, el director ya era conocido en el supermercado. Una amiga le dejó su casa y su auto para que se quedara dos o tres meses, tiempo que aprovechó para dar un seminario de cine a chicos de secundaria en la escuela del pueblo. Incluso hay escenas en la película donde los pibes lo saludan en la cancha de fútbol.
La mirada de los kelpers sobre la guerra
El documental revela que el pueblo es un crisol de nacionalidades: hay chilenos, gente de la isla Santa Elena y zimbabuenses que se quedaron luego de desminar las playas. También hay argentinos viviendo ahí, aunque Aparo decidió no incluirlos para protegerlos porque se la juegan mucho más estando ahí.
Lo más fuerte del material son los testimonios de quienes vivieron la guerra de 1982. Varios habitantes le contaron, por separado, que vieron a los soldados argentinos hambrientos y cómo los oficiales los maltrataban. Algunos isleños que habían estado en Buenos Aires antes del conflicto contaron que sabían lo que pasaba con los desaparecidos y los murales en la ciudad. Uno de ellos recordó haber estado en Buenos Aires el 24 de marzo de 1976 para viajar a Nueva Zelanda y haber sufrido una requisa; ocho años después, vio los tanques pasar frente a su casa. En Pradera del Ganso, familias enteras pasaron más de dos meses encerradas en un centro comunal.
La obra, financiada también por el INCAA, llega a los cines argentinos en un clima complejo, marcado por la bandera de Malvinas en el Mundial, los discursos de Javier Milei y la respuesta británica.
