A 30 años del final de Leonardo Simón: el drama detrás de la sonrisa y sus cartas de despedida

Leonardo Simón fue uno de esos conductores que se ganó el cariño de todo el país, moviéndose con naturalidad entre el entretenimiento y la calidez. Antes de ser la cara de programas masivos, tuvo una historia de esfuerzo que empezó en Villa Crespo, hijo de Zulema y de Raúl Wowe, un inmigrante polaco que llegó a Argentina antes de que estallara la invasión nazi. Sus primeros pasos fueron bien humildes: mientras cursaba la escuela, ayudaba en el almacén familiar de La Paternal y, a los 14 años, se dividía el tiempo entre las ventas ambulantes y la animación de fiestas infantiles.
Ese empuje lo llevó a terminar el secundario y a meterse en la universidad. Aunque intentó hacer dos cosas a la vez, estudiando en la Facultad de Ingeniería y en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER), fue en este último donde encontró su vocación. Se graduó como locutor nacional en 1968 y, en apenas dos meses, ya estaba debutando en Canal 13 con ciclos como La Feria de la Alegría y La campana de Cristal.
El camino al estrellato y la caída
El verdadero salto a la fama llegó cuando se mudó a Canal 9 para presentar Música en Libertad junto a María Isabel Ramírez. Durante 22 años, Simón fue una pieza clave de esa emisora, donde condujo programas que quedaron grabados en la memoria colectiva, como Finalísima, Sábados de la Bondad y El juego de los Matrimonios. En 1993, su trayectoria lo llevó a Telefé, donde lideraba el entretenido Ta Te Show.
Sin embargo, mientras el público lo veía animado y exitoso en pantalla, en su vida privada se estaba gestando una tormenta. El detonante fue la situación judicial de su hermano, el exjuez Carlos Wowe. Este se encontraba preso en el penal de Caseros, investigado por cohecho, tentativa de cohecho y portación ilegal de arma de guerra. El problema había saltado a la luz por una denuncia del periodista Bernardo Neustadt, quien acusó al magistrado de pedirle plata para dejarlo acceder a un expediente.
El impacto de este escándalo fue devastador para Leonardo. A pesar de que no tenía vínculo con su hermano hace tiempo, la vergüenza lo consumía. El dolor era tanto que llegó a llamar a Neustadt para contarle lo mal que se sentía y el estado depresivo en el que estaba sumergido. En el canal, el equipo de producción ya notaba que, aunque hacía el esfuerzo de mostrarse arriba, su aflicción era evidente.
El martes negro y las notas finales
El 15 de octubre de 1996 el destino se selló. Leonardo llegó a su oficina del piso 13, en la avenida Córdoba 1367, una hora antes de lo habitual. Pidió los diarios y se encerró. Una hora después, sus dos secretarias lo encontraron en la ventana, buscando el aire y la luz. Aunque intentaron retenerlo sujetándolo del pantalón, él logró soltarse el cinturón y se lanzó al vacío.
Cuando revisaron sus bolsillos, encontraron tres cartas escritas de puño y letra que dejaban al desnudo su desesperación. En una nota escrita con lápiz para sus hijas, Vanesa y Bárbara, les decía que las amaba como a nadie en el mundo y explicaba que prefería tomar esa decisión porque, según escribió, "se me reventó la cabeza" y era mejor que ser una carga de por vida para ellas, estando en un manicomio.
La segunda carta estaba dirigida a su esposa, Ruth Kisielnicki, y había sido redactada el 9 de octubre. En ella, Leonardo le agradecía por los diez años de matrimonio y le recordaba la promesa de proteger a sus hijas. Por último, dejó un mensaje general para sus amigos, agradeciéndoles a todos sin hacer listas para no olvidarse de nadie, confesando que su mente había colapsado y que solo buscaba tranquilidad.
El país entró en conmoción. Mientras los medios transmitían en vivo desde la vereda y los diarios publicaban la noticia en portada, Ruth Kisielnicki declaraba ante la prensa, indignada, que quien debía dar las explicaciones era Carlos desde la cárcel. Por su parte, Bernardo Neustadt calificó la decisión como incomprensible para el contexto del país y sentenció que el conductor "se mató por nada".
