De política y cosas peores

A los cuatro vientos lo proclamo, y si más vientos hubiera también a través de ellos lo proclamaría: soy devoto feligrés de esa antigua y misteriosa liturgia que es la fiesta de toros.
Lo soy desde muy niño, desde que mi padre me llevó a la corrida de despedida del Maestro de Saltillo, don Fermín Espinosa, Armillita. Mi papá, mi mamá, mi hermano mayor y yo ocupamos cuatro barreras de primera fila. ¿Cómo pudimos darnos ese lujo, accesible solo a los ricos por lo caro de los boletos? Don Mariano Fuentes era modesto tenedor de libros —entonces no se llamaban contadores— en el molino de trigo Eureka. Para probar la resistencia de la plaza de madera construida para la ocasión, la llenaron con bultos de harina de la empresa donde trabajaba mi padre. Le regalaron al propietario cuatro boletos de los más costosos; al señor no le gustaban los toros y se los cedió a mi papá. No supo que con eso el chiquillo que era yo recibió un deslumbramiento que le dura después de 80 años.
Amo la fiesta de toros porque amo al toro. Ese hermoso, maravilloso, majestuoso animal es el protagonista de la tauromaquia. "Fiesta de toros", decimos, no "fiesta de toreros". El toro de lidia no existe en la naturaleza: es una creación del hombre, que afina su bravura instintiva y la aprovecha para forjar un arte que se da a las orillas de la muerte. Para que el toro viva, los toros deben morir. Si se acaba la fiesta, el toro también se acaba; no puede vivir fuera de la dehesa ni está hecho para la sordidez del rastro, sino para el esplendor del ruedo.
¿Que hay sangre en la faena? Sí, siempre del toro y a veces del torero. Para enfrentar a un coloso de 500 kilos hay que disponerlo a fin de hacer arte con él, y darle muerte al final, porque la muerte es su destino natural. Para eso fue creado; para eso vivió cinco años en libertad completa, rodeado de cuidados que no recibe ningún otro animal en el planeta. Una verónica de alhelí —lo dijo Lorca—, un hondo pase natural, tienen una belleza efímera y eterna que detiene los relojes en la plaza y pone en el aficionado una emoción desconocida para el que tiene ojos y no ve.
Quien va a los toros sin saber de toros recibe el nombre de "villamelón". Yo pertenezco a esa especie. Pero soy un villamelón enamorado, y hasta el fin de mis días guardaré aquel deslumbramiento que puso luz y color en mis ojos de niño.
Por eso siento admiración y afecto por José Antonio Quiroga Chapa, sapiente aficionado y hombre de calidad humana excepcional a cuya generosidad debo dones de vida inapreciables. Cronista incomparable de la tauromaquia, escribió un libro que a su elegancia literaria añade acuciosa labor documental y, sobre todo, acendrado amor a la fiesta. En sus páginas está la historia de la torería regiomontana —quiero decir de Monterrey y Nuevo León— que entregó a la tauromaquia mexicana, y universal, a ese gran señor, tormentoso de espíritu y de cuerpo —"sismo y estatua" fue llamado—, don Lorenzo Garza, ave de tempestades, artífice lo mismo de ovaciones que de broncas. De esa raíz gloriosa surgirían después los dos titanes: Eloy Cavazos y Manolo Martínez, grandes ambos, con la misma e igual grandeza de los dos picos del Cerro de la Silla.
Mi ánimo se reviste de oro, seda, sangre y sol para dar gracias de corazón y de alma a José Antonio Quiroga Chapa por su libro: regalo precioso de belleza, sabiduría y amor.
